| 27/07/2005
LES
SALUDAMOS Y DESEAMOS UNAS FELICES VACACIONES a todos los lectores
de nuestros libros.
Para animarles a comprarlos les enviamos un regalo o muestra.
Es un cuento de los que Emilia Pardo Bazán escribía
para el verano y se titula con un oxímoron de los que a ella
le gustaba usar en los títulos, como dice Tonina Paba en
la Introducción. Se trata de MILAGRO NATURAL, encantadora
e irónica historia situada en el calor de julio en una aldea
gallega, que está en nuestra colección titulada Cuentos
de verano y otoño.
MILAGRO NATURAL
En la iglesia románica, corroída de vetustez, flotaba
la fragancia de la espadaña, fiuncho y saúco en flor,
que alfombraban el suelo y que iban aplastando los gruesos zapatones
de los hombres, los pies descalzos de los rapaces. Allá en
el altar polvoriento, San Julianiño, el de la paloma, sonreía,
encasacado de tisú con floripones barrocos, y la Dolorosa,
espectral, como si la viésemos al través de vidrios
verdes, se afligía envuelta en el olor vivaz, campestre,
de las plantas pisoteadas y de las azules hortensias frescas, puestas
en floreros de cinco tubos, que parecen los cinco dedos de una mano.
Sin razonar nuestro instinto, deseábamos que la misa terminase.
Al pie del atrio, allende la carcomida verja de madera del cementerio,
nos aguardaba el coche - cuyas jacas se mosqueaban impacientes -
que iba a reconducirnos, a un trote animado, a las blancas Torres,
emboscadas detrás del castañar denso, sugestivo de
profundidades. Y ya nos preparábamos a evadirnos por la puerta
de la sacristía, cuando el párroco, antes de retirarse,
recogiendo el cáliz cubierto con el paño, rígido,
de viejo y sucio brocado, se volvió hacia los fieles, y dijo,
llanamente:
-Se van a llevar los Sacramentos a una moribunda.
Comprendimos. No era cosa de regresar, según nos propusimos,
a las blancas Torres. Había que acompañarle. Irían
todos: viejos, mociñas, rapaces, hasta los de teta, en brazos
de sus madres, y con sus marmotas de cintajos tiesos. Y sería
una caminata a pie, entre polvareda, porque, ¡Madre mía
de los Remedios!, años hace que no se veía tal secura,
no llover en un mes, y las zarzas y las madreselvas estaban grises,
consumidas del estiaje y de la calor...
Mientras nos tocábamos los velitos y comprobábamos,
con ojeada de consternación, que no traíamos sombrillas,
tratamos de indagar. ¿Caía muy lejos? La respuesta
enigmática del terruño:
-La carrerita de un can...
Se organizaba el cortejo. Rompimos a andar por el camino hondo,
barrancoso, resquebrajado. Delante, el cura y el acólito,
y en tropel, el gentío, oliente a la lejía de las
camisas limpias domingueras y al sudor de los cuerpos. El día
era de los de sol velado y picón, sol mosquero, más
cansino que el descubierto, si no tan riguroso. Jadeábamos
un poco, pero nos sostenía la necesidad de no desmerecer
ante los aldeanos, y sus exclamaciones apiadadas eran estímulos
para nuestro valor. ¡Ahora se verían las señoras,
las regalonas! Apretábamos el paso. Una serie de portillos
que saltar; y después, las tierras labradías, el angosto
carrero, orlado de manzanillas ajadas. El carrero se prolongaba
a lo lejos, en cuesta, al principio insensible; luego, más
empinada. El gentío iba como hilera de hormigas, pero hormigas
de chillón colorido, y la tolvanera que se alzaba era asfixiante.
El sol jugaba con noso-tros: a ratos descubría la cara, a
ratos se metía detrás de una nube. Teníamos
sed. Nos parecía haber andado ya kilómetros.
A una revuelta del caminillo, un manchón de arboleda, un
prado reseco, y detrás, un hórreo y una especie de
establo. La casa de la enferma.
Las mujerucas del rueiro habían revestido la puerta con colchas
de zaraza remendada, en obsequio al Señor, y allá,
al fondo del establo, en un jergón, también disimulado
bajo sobrecamas y sábanas con puntillas, hipaba la moribunda.
No se veía de ella sino una máscara senil, lívida,
un mechón gris, una mano amarilla, desecada y nudosa. Y su
biografía, exclamada entre compasivos gemires de las comadres,
era la de una malpocada, sin familia, venida nadie sabía
de qué tierras, acaso de la montaña, que es de donde
vinieron todos los desheredados de la orilla-mar; agazapada en lo
que fue cuadra de bestias y ahora albergue humano, bajo un tejado
a tejavana, que da paso al viento y a la lluvia; mendiga por las
puertas desde veinte años, y hoy a punto de muerte, no se
sabe de qué mal, de vejez, sin duda... El cura se había
acercado al camastro, y, administrado el Viático, recitaba
la recomendación del alma. Los aldeanos se desviaban, respetuosos,
para que no perdiésemos nada del espectáculo: de los
callosos pies descubiertos, pronto ungidos con los óleos;
del estertor que sacudía el pecho, en que resaltaban visibles
las costillas. “¡Y, alma mía, aquello era el
gunizar!” Y otras viejas sollozaban, pensando en su propia
hora...
El anhelar de la enferma se mitigaba: parecía haber caído
en síncope. Se hacía tarde: las vacas, los cerdos,
aguardaban su sustento; el pote gorgoriteaba a la lumbre, y la gente
aldeana se disponía a dispersarse. Emprendimos la vuelta.
Por la cuesta abajo, todos los santos nos ayudaban; íbamos
ligeros. Pronto el coche rodó elásticamente sobre
la carretera, en que el sol, ya descarado, hacía relucir
las partículas de mica entre el polvorín que alzaban
las ruedas.
Al pasar bajo las enormes acacias, una de nosotras expresó
su opinión:
-Esa mujer se muere de hambre. No tiene otra cosa sino necesidad.
-¿Enviarle un frasco de somatosa? ¿Leche?
-¡Bah! ¡Pamplinas! Ahora mismo, jerez, mantecadas, chuletas
fritas y jamón, que lo hay en lonchas... Reímos.
Ya conocíamos el sistema. ¿Aquel cadáver comer
mantecadas? El portador del cesto, sin embargo, salió volandero
hacia la bodega desmantelada donde la mísera se moría
por instantes, y todos los días ya volvió a salir
con su canasto bien repleto.
Y fue quince días después - ni uno más ni uno
menos - cuando nos avisaron de que allí estaba la resucitada,
la pordiosera, que venía a darnos las gracias. Ella misma,
por su pie, derrengada sobre un báculo de aliaga, que es
madera que sustenta mucho y pesa poco, arrastrándose, pero
viva, y hasta con remoce de color de teja en los carrillos y cierta
alegría picaresca e ingenua en los ojuelos, cercados de pliegues
y arrugas...
-¡Un milagre, santiñas, un milagre! La Virgen Nuestra
Señora que me resucitó estando yo en las ansias de
la gunía. ¡Ay! ¡Un milagre de Nuestro Señor!
Era un día primoroso de julio. Había llovido en los
anteriores; el prado se vestía de seda color manzana, y las
últimas rosas del primer ciclo floral trascendían
a gloria. Nos mirábamos, satisfechas y persuadidas del portento.
El contenido de los cestos, cosa material, no bastaba para explicar
la curación de la infeliz. Milagro lo había; milagro
de vida y de gozo. Y las esencias del campo, y la claridad del firmamento
luminoso, y la paz de la tarde, nos infundieron la alegría
del milagro, de la muerte y la nada vencidas un momento, de la Segadora,
que huía con su guadaña inútil...
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