| 17/02/2006
LA “COMPAÑA”,
de Emilia Pardo Bazán
Invierno.
Después de un día corto, lluvioso y triste, la
noche es clara, de luna; la helada prende en sus cristales, resbaladizos
y brillantes como espejos, el agua de las charcas y ciénagas,
y en la ladera más abrupta de la montaña se oye
el oubear del lobo hambriento. Dentro de la casucha del rueiro
humilde, la llama de la ramalla de pino derrama la dulce tibieza
de sus efluvios resinosos, y el glu-glu del pote conforta el
estómago engañando la necesidad pues el pobre caldo
de berzas solo mantiene porque abriga. ....
Desviada
de la aldea por el soto de altos castaños, próxima
a la iglesia y al cementerio, la ruin casuca de la vieja señora
Claudia - alias Cometerra, porque en sus juventudes
mascaba a puñados la arcilla del monte Couto - también
siente el bienestar del cariñoso fuego. Todo el día,
calándose hasta las médulas, ha trabajado su nieto
Caridad, y el brazo de ramalla y la leña todavía
húmeda y la hierba que rumia la becerrita rubia él
se las ha agenciado... No preguntéis dónde. Quien
no tiene bosque ni pradería suya ha de merodear por tierras
de otro. ¿Qué señor le arrienda un lugar
a un mocoso de quince años, hijo de un presidiario muerto
en Ceuta? El colono ha de ser libre de quintas, casado y de buena
casta. ¡Valiente adquisición la de aquella bruja
que pedía por las puertas una espiga de maíz o
una corteza mohosa, y la de aquel galopín, que no dejaba
en los términos de la parroquia cosa a vida! También
hay clases en la aldea... Y los hijos de dos o tres labradores
de los más acomodados, de pan y puerco, se la tenían
jurada a Caridad. Porque puede pasar el esquilmo de la rama y
del tojo, y hasta el apañar hierba en linderos que no
tienen dueño; pero arrancar la patata ya en sazón
o desvalijar un panel del hórreo..., eso son palabras
mayores, y como le pillasen..., ¡guarda el escarmiento!.
Caridad,
entre tanto, traía a casa bien repleto su «paje» de
mimbres. Aquel día formaban el botín golpe de castañas
maduras, bellotas y, ¡presa extraordinaria!, tres o cuatro
hermosos huevos frescales... Cuando tenía suerte en su
caza de víveres, ¡la abuela le pagaba, tan bien!
Inagotable repertorio de consejas, tradiciones y patrañas, Cometerra,
acurrucada en el rincón del lar, mientras con mano temblona
pelaba las patatas o desgranaba las espigas rubias, hablaba,
narraba, ensartaba sus cuentos en mil mentiras... Y Caridad no
conocía otro goce. Las historias de la abuela eran a la
vez su única escuela y su único teatro, el pasto
de su imaginación virgen, fresca, insaciable, de chiquillo
que no sabe leer, y que presiente la novela y la poesía,
identificándolas, en su ignorancia, con la vida y la realidad.
Tal
vez en aquel precoz enfermizo desarrollo de la fantasía
influyese el mismo aislamiento a que le condenaban sus menudos
latrocinios y la azarosa suerte y las fechorías de su
padre. Es lo cierto que Caridad creía a puño cerrado..., ¿qué es
creer?, «veía». El mundo triste y agorero
de la vieja mitología galaica le rodeaba a todas horas.
El miedo a lo desconocido encogía su alma y derramaba
hielo de mortal pavor en sus venas, atrayéndole, sin embargo,
con misterioso atractivo, llamándole. Temía y deseaba
la aparición sobrenatural, y mientras sus manos, mecánicamente,
cogían lo ajeno, su espíritu inculto sentía
el escalofrío del mundo invisible que rodea, y cuyo hálito
quejoso se percibe en los murmullos del bosque y en el fluyente
llanto del agua.
Esta
noche de invierno, cercana ya la vigilia de los difuntos, Cometerra
explica a su nieto lo que es la «Compaña» o «Hueste».
Es una legión de muertos que, dejando sus sepulturas,
llevando cada cual en la descarnada mano un cirio, cruzan la
montaña, allá a lo lejos, visibles sólo
por la vaga blancura de los sudarios y por el pálido reflejo
del cirio desfalleciente. ¡Ay del que ve la «Compaña»¡ ¡Ay
del que pisa la tierra en que se proyecta su sombra! Si no si
no se muere en el acto la vida se le secará para siempre
a modo de hierba que cortó la fouce. Quebrantado,
sin fuerzas, tocado de extraño mal, contra el cual no
existen remedios, irá encaminándose poco a poco
a la cueva, porque la «Hueste» recluta así a
los que encuentra en el camino, los alista en sus filas, refuerza
su ejército de espectros... ¡Infeliz del que
ve la «Compaña»!...
En
su pobre y frío lecho de hojas de maíz, Caridad
se revuelve pensando en la fúnebre procesión. El
fuego del lar se ha extinguido; la abuela ronca acurrucada a
pocos pasos; se escucha fuera el gañir del lobo y la queja
casi humana del mochuelo... La tentación es demasiado
fuerte. De seguro que a estas horas desfila por el monte, en
doble hilera de luces, la gente del otro mundo. ¡Verla!
Caridad no se acuerda de que verla es morir. Quizá no
le importa. El apego a la vida no nace temprano; el arbolillo
sin raíces no se agarra a la corteza terrestre. El miedo,
en Caridad, es como un espasmo: su alma estremecida teme y desea
a la vez. Y deslizándose de la dura cama, a tientas va
hacia la puerta, abre el cancel, se asoma y mira. Velada la luna,
antes esplendente, por nubarrones de trágica forma, negrísimos,
los objetos aparecen confusos, las manchas de la arboleda se
pierden entre la turbieza gris de la lejanía. Caridad,
tiritando, echa a andar en dirección a la iglesia. Sin
darse cuenta del porqué, supone que la «Hueste» ronda
las tapias del cementerio. Lo singular es que, al ir en busca
de la procesión de las almas, el chiquillo tiembla, sus
dientes castañetean, sus pupilas se dilatan, su sangre
se cuaja, su corazón por momentos cesa de latir y, sin
embargo, anda, anda, fascinado, ansioso, pisando la escarcha
con descalzos pies, amoratados y rígidos.
Allá donde
se alza el muro del campo santo, una claridad difusa, unos campos
de luz verdosa le llaman con palpitaciones de mortaja flotante
y, con humaradas de cirio que se extingue. Allí está de
seguro la «Hueste»... Ya cree verla, verla distintamente,
y hasta escucha reprimidos sollozos, ahogados gritos que pueden
confundirse con la ironía de la carcajada brutal... Sin
transición, sin espacio a decir Jesús, a llamar
a su madre como la llaman los heridos de muerte, Caridad se desploma.
A un mismo tiempo le ha partido la cabeza un garrotazo y le ha
abierto la garganta el corvo filo de una céltica bisarma,
que a la vez que degüella sujeta a la víctima. La
sangre, caliente, se coagula sobre la helada superficie del terruño.
Los mozos se retiran, dejando tieso allí al ladronzuelo,
y murmurando, serios ya, porque no habían pensado ir tan
lejos, ni hubiesen ido a no mediar el mosto nuevo y la vieja “caña”:
-Quedas
escarmentado.
|