| 10/10/2005
Cuento
de Emilia Pardo Bazán del libro CUENTOS DE VERANO Y OTOÑO
RACIMOS
Desde que eran vides las que rojeaban en las laderas del Avieiro,
precipitándose como cascadas de púrpura y oro viejo
hacia el hondo cauce del río, no se había visto cosecha
más bendita que la del año... bueno, el año
no importa. Además de la abundancia, la uva estaba recocha
y tenía su flor de miel, su pegajosidad de terciopelo. Cada
grano era un repleto odrecillo, ni duro ni blando, reventando de
zumo. Y los colores, en el tinto como en el blanco, intensos y muy
iguales. No se conocieron racimos que así tentasen a vendimiarlos.
La vendimia se señaló para
el 24 de septiembre. Y, como según dicen en el país,
cuando Dios da no es migajero, mandó un sol de gloria y unos
días de gusto mejores que los del verano, para aquella faena
de otoño. Tampoco sería fácil recordar vendimiadura
más alegre.
Ello no quita para que el trabajo sea caristoso.
Subir a hombros los culeiros o cestones por las cuestas casi verticales
de la ladera, hasta soltarlos en la bodega del antiguo pazo, que
domina todo el paisaje, vamos, ¡que se suda! Las vendimiadoras
echan la gota gorda de su pellejo, con el calor y el tráfago;
pero los carretones se derriten al ascender con las cargas, magullados
los hombros por el peso, anhelosa la respiración por la fatiga,
y sin poder ni pasarse el revés de la mano por la frente,
para recoger las lágrimas que de ella se desprenden y caen
sobre el fornido y velludo pecho.
Porque son de empuje aquellos mocetones
riveranos, hechos al laboreo recio, y también amigos del
bailoteo y el jarro, de las mozas para requebrarlas y del palo y
la navaja para repeler una injuria. Hombres capaces de subir, no
diré los cestones colmos de uva, sino los calvos peñascos
detenidos como por milagro en su caída inminente a las profundidades
del río. Y la fuerza muscular emanaba de sus cuerpos atezados,
de sus pies encallecidos, que parecían echar raíces
donde se posaban, de sus voces desentonadas y fuertes, de sus manos
anchas tendidas siempre hacia la faena.
Con todo eso - era la opinión de
Corchudo, el mayordomo - no sería posible aquel choyo de
la vendimia sin el mágico efecto del continuo beber sin tasa,
sin límite, por cuencos, por ollas, por moyos... Obligación
del dueño de las viñas era dárselo a su talante,
y aun, por la mañana, añadir la parva de aguardiente
al desayuno de pantrigo. Y todo el día, dijérase que
otro río de sangre de Cristo corría por las gargantas
abajo para transmitir su vigor a las venas y salir hecho secreción
viva por los poros abiertos. De satisfacción tenía
que ser la cosecha, a fe, para qué no la desfalcasen con
lo que trasegaban los sedientos perpetuos y no se advirtiese la
merma en las cubas, las enormes cubas panzudas, gloria y orgullo
de la bodega más renombrada de los términos comarcanos.
A la hora del anochecer, los cantos de
las vendimiadoras hacíanse menos gozosos y provocantes de
lo que eran durante el día: la queja clásica, regional
descubría el inevitable cansancio de la jornada. Había,
sobre todo, una mocita vendimiadora que, al prolongar el alalaa,
parecía diluir en el canto un lloro... Y es que todos lo
sabían: aquella rapaza, de mala gana acudía a su labor:
más le valiera quedarse en casa, al lado de su madre, encamada
y paralítica. Pero si ella no trabajaba, ¿quién
las mantenía a las dos? Los racimos no caen del cielo, que
piden mucho trabajo. Para comer buenos guisos de carne, el compango
de la vendimia, buen bacalao con patatas, hay que menearse. Rosiña
venía al jornal todo el año. Sólo que ganaba
menos que otra jornalera. El llamarla era casi una caridad.
Y en los días de la vendimia estaban
fijos en ella los ojos de sus compañeras y compañeros,
sabedores de algo que picaba la curiosidad. Aquella rapaza - contábase
- sentía una repugnancia inexplicable que le hacía
aborrecer hasta la vista de las uvas; del vino, no digamos. El solo
olor de los racimos maduros le causaba contracciones dolorosas en
el estómago; la vista de un vaso donde el rico tinto refulgía
como granate, la hacía palidecer. Cada moza emitía
una opinión sobre esta singularidad.
-¡Bah, bah! ¡Milindres! –
sentenciaba una altona, morena, bigotuda.
-Es el mismo mal que tiene que le sale
por ahí - opinaban las compasivas.
Una vendimiadora ya vieja, la casera del
pazo, que no se desdeñaba de echar mano ella también,
emitía un parecer, acaso el más fundado de todos.
-Sabedes qué es ese escrupol que
le da con el vino a Rosiña? Que el padre era un borrachón
y se volvió tolo de la bebida y la quiso matar cuando era
de siete años, y a la madre le dio una paliza que la tullió.
Por eso no puede ver el vino...
Como la luna colgase ya en el cielo su
gran perla redonda, vendimiadores y vendimiadoras se juntaron en
la era. Salieron a plaza panderos, triángulos y conchas,
y las coplas se enzarzaron, ya amorosas, ya irónicas y retadoras,
y dos parejas esbozaron un baile, que bien quisiera ser la riveirana,
pero iba perdiendo su carácter genuino. Una de las improvisadoras
al pandero dirigió la flecha de una copla a Rosiña,
que, silenciosa y abatida, se había sentado en un poyo de
piedra. Versaba la copla sobre las excelencias del vino, y afirmaba
que el que no bebe es un pavisoso o una santa mocarda.
Habituada estaba la muchacha a estas pullas; pero sin duda se encontraba
exhausta de cansancio y destemplada de nervios, porque rompió
en sollozos, limpiándose la cara con el pico del pañolón.
Y fue grande la sorpresa de las vendimiadoras cuando vieron que
Amaro, uno de los carretones más animosos y robustos, que
a cualquiera de ellas le convendría para darle fala, saltó
indignado, exclamando:
-¡A ver si vos callades, euia! ¡Tenedes
mal curazon pra metervos con quien no se mete con vosotros! Rosiña,
ríete. Es invidia que te tienen...
Nadie chistó. ¿Entonces,
el Amaro quería a Rosiña, o qué? Nadie se lo
había notado; es más, nadie suponía que a Rosiña
la pudiese querer nadie. ¡Fea, fea, no sería; pero
con aquella color de leche hervida, con aquel cuerpo flaquito...,
donde estaban tantas nenas como manzanas, rollizas, sanotas, metidas
en carnes! ¡Y, sin embargo, media hora después del
incidente, las vendimiadoras no podían dudar que, en efecto,
el carretón buscaba la fala a la mocita. Sentado cerca de
ella, le parolaba tan bajo, que entre el estrépito de los
triángulos y los panderos y el piafar del baile, no se oía
lo que le dijese con tal ahínco. Y ella, la mosca muerta,
¡cómo le atendía y le contestaba! No sollozaba
ahora, no... Hasta la oyeron reír, por no se sabe qué
gracejo de Amaro...
Y era verdad. Por primera vez, la alegría,
la juventud, los fermentos del amor calentaban las venas de Rosiña.
La luna iba descendiendo y apagándose en el agua sombría
del río, cuando el carretón, al lado de la muchacha,
se fue con ella sin volver siquiera la cara hacia las otras, que
cuchicheaban y reían irónicamente. Amaro le aseguraba
a Rosiña que ya, desde tiempo, teníale voluntad. Bien
pudiera casarse allá para Nadal, si venía una letra
que esperaba del hermano que marchó a las Américas
de Buenos Aires y que le iba bien por aquellas tierras y mandaba
cuartiños. Rosiña no saldría a trabajar: en
casa, a cuidar della. Y el mozo, mientras recorrían la senda
demasiado estrecha, de resbaladizas lages, pasaba el brazo alrededor
de un talle delicado como un junco, y murmuraba enternecido;
-¡Qué cintura finiña!
Una caricia más atrevida rozó
la mejilla de la moza. La boca de Amaro se acercó a la suya,
golosa y ávida. Y ella saltó, se echó atrás,
como si hubiese pisado una sierpe en violenta rebelión de
sus sentidos y su alma.
-¡Quitaday! ¡Quitaday! ¡Apestas
al vino!
El carretón se apartó, atónito...
¡Pues ya se sabe: Rosiña no podía resistir el
vino, no lo podía resistir! ¡El vino, la cosa más
buena que Dios ha criado en este mundo! Lo que da alma para trabajar,
lo que consuela, lo que recrea, el vino tinto del Avieiro, que si
los ángeles pudiesen bajarían del cielo a lo catar!
Y dejando caer los brazos, como quien ve un imposible alzarse ante
él, el mozo dio rápida vuelta en sentido contrario
al que llevaban momentos antes Rosiña y él, tan juntos...
¿Cómo no había pensado en eso, corcia? ¡En
buena se iba a meter, hom! ...
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