| 04/11/2004
LA
NAVIDAD DEL “PELUDO” de Emilia Pardo Bazán
Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía
apuntar el Peludo en su hoja de servicios; catorce años
en que no hubo día sin ración de palos y sin hambre.
¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!
Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero
trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar
picadas de tábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces
con el sol y el polvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir
talonazos y ver cortar la vara de avellano o de taray que, silbadora
y flexible, se ha de ceñir a su piel, averdugándola;
probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado;
recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los
dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse
bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no caer
al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más
fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal;
todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo,
en cotejo de pasar rozando una pradería verde como la esperanza,
mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la
panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la
tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión
que causaba al Peludo la vista de la hierba apetitosa,
rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón;
tal la rabia que sentía al oír el murmurio de la fuente
cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa
del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu
de su colosal gazuza, que más de una vez, él, el manso,
el resignado, el trabajador, el obediente, “pensó”
hacer una muy gorda y sonada; soltar un rebuzno de guerra. y arremeter
a coces y a muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su
amo, su tirano... ¡Qué deleite arrojar al suelo el
lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos;
que la harina se esparciese por la carretera, meter en ella el hocico,
aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era
mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse!
¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época
de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba con
las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el
Peludo!
Cruzaban estas ráfagas de emancipación
por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia;
eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción
de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte,
el fatum que preside a la existencia del jumento. Sí, lo
peor del caso es que al Peludo la desgracia le había
hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía
a creer que pudiese lucir para él jamás un instante
de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese lo mismo tenía
que ser... Hambre y palos, palos y hambre... Arriba con la carga;
avante por la senda, y nada de protestas ni de quiméricos
ensueños...
Razón llevaba el paciente Peludo
en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras;
su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración,
a medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad
y bríos, iba tratándolo con mayor dureza y encomendándole
las tareas más rudas y bajas, los transportes más
reventadores y las jornadas a palo seco, en todo el rigor de la
frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de diciembre
encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie
con cachaza estoica, atado a una argolla de hierro, a la puerta
de la conocida taberna del Pellejón, una de las varias que
salpicaban las orillas de la carretera de Marineda a Brigos. Otras
veces no faltaba para el Peludo en aquel templo
báquico el abrigo de una cuadra o de un estercolero, o siquiera
de un cobertizo cerquita del pajar; pero esta era noche de bulla
y parranda, de regodeo y jarros colmados de vino y aguardiente,
y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus provectas
patas, se acercó a la taberna, no quedaba sitio ni techo
para él. De dos puntillones, el amo le pegó a la pared,
le amarró a la anilla, y allí se quedó el jumento
sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas
ramas goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo
los cascos.
Veía el Peludo, al través
de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegre,
llena de hombres que jugaban a los naipes, disputaban, despachaban
guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto. Mientras
los racionales celebraban así la Navidad el asno, transido
y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido
de necesidad no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante
y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló
sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba a caer sobre el fango líquido,
cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que
derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó
a su lado, con profunda sorpresa a otro borrico: un asno plateado,
de luciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía
tan grata «¡Hi-ho¡», flauteó dulcemente
el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién
venido a roer con los dientes la cuerda que al Peludo sujetaba,
y presto lo dejó libre. Echó a andar el argentado
borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más
averiguaciones, el Peludo, ya regocijado y fuerte.
A medida que adelantaban, la noche se hacia transparente, estrellada,
tibia; el camino, fácil, seco, llano, lindo. A derecha e
izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas
y ranúnculos, convidaban al Peludo a saciar su apetito;
arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y
el Peludo, entrando a saco, descuidado, libre,
se entregó a la hierba jugosa; desde lejos podía oírse
el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura.
Bebió a su talante en los manantiales; atracóse de
trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase
su panza como globo que se infla, hasta que de súbito estallaron
las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota,
feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía
fatalista el Peludo ¡Tan dichosa aventura, lo convertía
en el mayor providencialista del universo. En lontananza empezaba
a despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas
del prado olían a gloria; todo incitaba a un revuelco deleitable,
y, ¡zas!, el Peludo se dejó caer y se puso
a nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores
floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno
se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá
en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la
profética cláusula: «Nos ha nacido un niño,
y se llama Emmanuel...» El asno de plata, salvador del Peludo,
le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente:
«¡Hi-ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó
con su aliento a Jesús en el establo... y el que llevó
a Egipto a María la Nazarena...»
A la puerta de la taberna, el amo del Peludo,
al salir de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos
aún, vio a su montura tendida en la charca, los ojos vidriosos,
las patas rígidas.
-Rompióse la cuerda - observó
el tabernero -. No le dé patadas - agregó -, que de
poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.
Pero el amo, con la terquedad característica
de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal,
jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil
de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.
-Para lo que servía... - gruñó
-. Ya ni podía conmigo...
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