| 18/02/2005
LA
GANADERA
de Emilia Pardo Bazán
No podía el cura de Penalouca dormir
tranquilo; le atormentaba no saber si cumplía su misión
de párroco y de cristiano, de procurar la salvación
de sus ovejas.
Ni tampoco podría decir el señor abad si sus ovejas
eran realmente tales ovejas o cabras desmandadas y hediondas. Y,
si reflexionaba sobre el caso, inclinábase a creer que fuesen
cabras una parte del año y ovejas la restante.
En efecto, los feligreses del señor
abad no le daban qué sentir sino en la época de las
mareas vivas y los temporales recios; los meses de invierno duro
y de huracanado otoño. Porque ha de saberse que Penalouca
está colgado, a manera de nidal de gaviota, sobre unos arrecifes
bravíos que el Cantábrico arrulla unas veces y otros
parece quererse tragar, y bajo la línea dentellada y escueta
de esos arrecifes costeros se esconde, pérfida y hambrienta
de vidas humanas, la restinga más peligrosa de cuantas en
aquel litoral temen los navegantes En los bajíos de la Agonía
- este es su siniestro nombre - venían cada invernada a estrellarse
embarcaciones, y la playa del Socorro - ironía llamarla así
- se cubría de tristes despojos, de cadáveres y de
tablas rotas, y entonces, !ah¡, entonces es cuando el párroco
perdía de vista aquel inofensivo, sencillote rebaño
de ovejuelas mansas, que en tanto tiempo no le causaba la menor
desazón - porque en Penalouca no se jugaba, los matrimonios
vivían en santa paz, los hijos obedecían a sus padres
ciegamente, no se conocían borrachos de profesión
y hasta no existían rencores y venganzas, ni palos a la terminación
de fiestas y romerías -. El rebaño se había
perdido, el rebaño no pacía ya en el prado de su pastor
celoso..., y este veía a su alrededor un tropel de cabras
descarriadas o, mejor aún, una manada de lobos feroces, rabiosos
y devorantes.
Cada noche, cuando mugía el viento, lanzaba la resaca su
honda y fúnebre queja y las olas desatadas batían
los escollos, rompiendo en ellos su franja colérica de espuma,
los aldeanos de Penalouca salían de sus casas provistos de
faroles, cestones, bicheros y pértigas. !Aquellos farolillos¡
El abad los comparaba a los encendidos ojos de los lobos que rondan
buscando presa. Aquellos faroles eran el cebo que había de
atraer a la costa fatal a los navegantes extraviados por el temporal,
o la cerrazón, a pique de naufragio o náufragos ya,
cuando tal vez no les quedaba otra esperanza que el esquife, con
el cual intentaban ganar la costa... Llamados por las sirenas de
la muerte a la playa fatal, apenas llegaban a tierra, caía
sobre ellos la muchedumbre aullante, el enjambre de negros demonios,
armados de estacas, piedras, azadas y hoces... Esto se conocía
por ir a la ganadera. Y el cura, en sus noches de insomnio
y agitación de la conciencia, veía la escena horrible:
los míseros náufragos, asaltados por la turba, heridos,
asesinados, saqueados, vueltos a arrojar, desnudos, al mar rugiente,
mientras los lobos se retiran a repartir su botín en sus
cubiles...
Los días siguientes al naufragio, todos los pecados que el
resto del año no conocían las ovejas, se desataban
entre la manada de lobos, harta de presa y de sangre. Quimeras y
puñaladas por desigualdades en el reparto; borracheras frenéticas
al apurar el contenido de las barricas arrojadas por las olas; después
de la embriaguez, otro género de desmanes; en suma: la pacífica
aldea convertida en cueva de bandidos..., hasta que los temporales
amainaban, el viento se recogía a sus antros profundos, el
mar se calmaba como una leona que ha devorado su ración,
y los hombres, mujeres y chiquillería de Penalouca volvían
a ser el manso rebañito que en Pascua florida corría
al templo a darse golpes de pecho y a recitar de buena fe sus oraciones,
mientras enviaba al señor cura, como presente pascual, cestones
de huevos y gallinas, inofensivos quesos y cuajadas...
- No es posible sufrir esto más tiempo - decidió el
abad -. Hoy mismo me explico con el alcalde.
El alcalde era la persona influyente, el cacique; él vendía
allá, en la capital, los frutos de la ganadera,
y estaba, según fama, achinado de dinero. Al oír al
párroco, el alcalde se santiguó de asombro. ¿Renunciar
a la ganadera? !Pues si era lo que desde toda la vida,
padres, abuelos, bisabuelos, venían haciendo los de Penalouca
para no morirse de necesidad¡ ¿Bastaba la pobre labor
de la tierra para mantenerlos? Bien sabía el señor
abad que no. Ni aun pan habría en la aldea, a no ser por
la ganadera; claro, con el fruto de la ganadera se había
construido la Casa de Ayuntamiento; se había reparado la
iglesia, que se caía ruinosa; se habían redimido del
sorteo los mozos, los brazos útiles; se había construido
el cementerio. No era posible ir contra una costumbre tan antigua
y tan necesaria, y ninguno de los abades anteriores había
ni pensado en ello, y Penalouca era Penalouca, gracias a la ganadera...
- ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
Y el cura, al escuchar el fragor de los cordonazos, las tempestades
de otoño que vienen con los dos frailes, sintió que
aquel conflicto ya dominaba su alma, que se volvía loco si
tuviese que arrostrar ante Él, que nos ve, la responsabilidad
de haber consentido, inerte, silencioso, tantas maldades...
Cierta espantosa noche de noviembre, el párroco se dio cuenta
de que debía de haber naufragio... Idas y venidas misteriosas
en la aldea, sordos ruidos que salían de las casas, sombras
que se deslizaban rasando las paredes, alguna exclamación
de mujer, alguna voz argentina de niño... Penalouca iba a
su crimen tutelar; Penalouca ya era la manada de lobos, con dientes
agudos y frases ardientes, hambrientas... El párroco se alzó
de la cama temblando, se puso aprisa un abrigo y una bufanda, descolgó
el Crucifijo de su cabecera y echó a correr camino de la
playa del Socorro.
Cuando desembocó en ella, el cuadro se le ofreció
en su plenitud. La mar, tremendamente embravecida, acababa de arrojar
náufragos, sobre los cuales se encarnizaba, con guturales
gritos de triunfa, la chusma.
Al uno, después de romperle la cabeza de un garrotazo, le
habían despojado de un cinturón relleno de oro; al
otro le desnudaban; y con una mujer, joven aún, viva, implorante,
se disponían a hacer lo mismo. Arrodillada, lívida,
la mujer pedía por Dios compasión...
El párroco alzó el crucifijo y se lanzó entre
las fieras.
- !Atrás¡ !Aquí está Dios¡ - gritó
enarbolando la escultura -. !Dejen a esa mujer¡ !El que se
mueva está condenado¡
Los aldeanos retrocedieron; un momento los subyugó la voz
de su párroco, y los impuso el gran Cristo cubierto de heridas,
semejante al náufrago que yacía allí, desnudo,
y ensangrentado también. Pero el alcalde, vigilante, empedernido,
fue el primero que desvió al cura, blandiendo el garrote,
profiriendo imprecaciones... Y la multitud siguió el impulso
y se defendió, ciega, en la confusión del instinto,
en la furia del desenfreno pasional..
Pocos días después salió a la orilla, con los
otros náufragos, el cuerpo del párroco, que presentaba
varias heridas. También él había ido a la
ganadera.
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