| 08/03/2005
INSTINTIVO
de Emilia Pardo Bazán
Confiada en una promesa, llevaba tres
años de trabajar en secreto para preparar su equipo de novia,
cuando recibió una carta de que él se declaraba
libre de compromiso. Habían sido sueños de niño,
esas primeras ilusiones que todos se forman. La realidad surgía,
apremiante: en la casa de comercio de
Bilbao donde estaba colocado le asociarían, si se casaba
con la hija del dueño; era todo su porvenir aquella boda,
y tiraría por la ventana el porvenir si la rehusase. Que
Elvira se hiciese cargo, y le perdonase, y creyese firmemente en
el cariño que había de profesarle siempre. La misiva
era franca, de un tono cordial, con ribetes de humilde. La prosa
hablaba por boca del antiguo novio. Lo que decía era cierto;
no había respuesta ni objeción posible. Elvira, sin
embargo, encontraba algo que oponer. Toda su juventud, que había
sacrificado: iba a cumplir veintinueve y no había conocido
otro amor, ni otra esperanza... Coser aquel equipo modesto representaba
cientos de noches de velar hasta el amanecer, con los ojos hinchados,
la vista desvanecida. A cada puntada, se figuraba lo que la iba
a suceder cuando estrenase la prenda, cuando Miguel se la alabase,
cuando por ella se encandilase el amor... Y ahora ¡una carta...,
un pedazo de papel... y todo acabado...!
Sus nervios respondieron al golpe: cayó sobre el sofá,
retorciéndose, conteniéndose para no gritar. Un diluvio
de lágrimas desenlazó la crisis. Lo demás lo
hizo el hábito de la paciencia, contraído en ausencia
tan larga. Una idea cruzó por su imaginación. ¿Sería
una prueba a que Miguel la sometía? Acaso, porque él
se había mostrado a veces celoso, dudoso, como sucede cuando
se está lejos.. Recogió del suelo la carta, la releyó...
Era el tono de la verdad, de la amarga verdad.
No cabía duda.
Elvira no era romántica. Nunca se había dicho a sí
misma, pensando en Miguel: «O su amor o la muerte».
Se muere de las tifoideas, de la tuberculosis, de las pulmonías;
de amor mal pagado no se muere. Estas eran las convicciones de Elvira.
Al menos, cuando estuviese en su estado normal, sin pena aguda,
sentada en su cierre de cristales, haciendo un dobladillo o pegando
una puntilla... Pero en aquel cruel momento de su vivir, con sinceridad,
con sencillez, la muerte la pareció como la única
solución que restaba. Empezar otra vez a forjarse un porvenir;
arrancarse del alma no sólo aquel cariño, sino todo
lo que era su consecuencia y su corolario, el hogar, la maternidad
que había cifrado en un solo hombre, y que no veía
manera de cifrar en otro diferente, porque ni aún concebía
la idea de que ese otro pudiese existir, ni ella darse cuenta de
que existía... Creía, además, que para todo
fuese ya tarde. No era el amor cosa que se repitiese; venía
sólo una vez. Elvira era de la madera de aquellas cristianas
de los tiempos primitivos, que escribían en su losa sepulcral
«Univira»: De uno sólo... Y no había sido
de ninguno, y la fatalidad quería que no llegase a serlo.
¿Qué objeto podía ya tener su existir?
Su madre había vuelto a casarse a los dos años de
morir el padre de Elvira. Y era feliz en las segundas nupcias; el
marido, empleado de corto sueldo, la quería mucho y administraba
bien la pequeña fortunita. Pero ni Elvira, ni su hermano
Ramón, cesaban de abominar de tal boda. Ramón, por
no vivir con su padrastro, a quien detestaba sin razón suficiente,
se había ido a la América del Sur. Elvira, cuando
pensaba en Miguel, se decía, ante todo, que al casarse también
ella dejaría de ver la odiada figura del padrastro. Su instinto
de justicia le dictaba que no debía aborrecerle, pero hay
antipatías que no se razonan, que están, por decirlo
así, en la masa de la sangre, en el secreto fondo de nuestra
sensibilidad, y Elvira no podía ni oír la voz del
que para dentro llamaba «aquel hombre» sin experimentar
una contracción repulsiva. «Ahora - pensaba - toda
mi vida a su lado, y estoy condenada a verle, a tratarle íntimamente,
hasta que sea muy vieja, muy vieja... - y añadía sin
violencia, con convicción -: Eso no puede ser. Hay que evitar
eso, a toda costa, de cualquier manera».
La tarde caía, cuando meditaba en estas cosas. Pudo alegar
una jaqueca, y no bajó a cenar. No concebía tragar
bocado, y por una sensación frecuente en los grandes dolores,
en que los nervios actúan sobre el estómago, le parecía
también increíble que ni entonces, ni nunca, pasase
por su tragadero alimento alguno. Hasta despreciaba la tal idea.
¡Comer! ¡Para qué! Pensaba en lo que hubiera
sido su casa, su mesita limpia y frugal, cuando con Miguel estuviese
unida y se sentasen el uno frente al otro, saboreando alegremente
el pan, el cocido. Ahora...
Febril, daba vueltas en la cama. Se repetía a sí misma
que «había que hacer algo, algo». Lo que fuese
ese algo, ni aún lo presumía. Como la cuerda
de un reloj loco, su cerebro se desataba y disparaba en pensamientos
sin ilación. Tan pronto se le ocurría que arrojarse
por la ventana no debía de doler mucho, pues había
oído decir que en ese género de muerte no se llega
ya al suelo con vida, como resolvía tomar el tren, irse a
Bilbao, ver a Miguel; no definía con qué objeto. Verle.
Era como el sorbo de agua que pide por amor de Dios, en el campo
de batalla, el herido agonizante.
Hay un suplicio en estas crisis psicológicas: ver amanecer,
sin que en toda la noche se haya conciliado el sueño. El
día - con sus llamamientos a la vida real, con la gente que
se pone en contacto con la gente -, sucediendo a una vigilia de
calentura, parece algo horrible, insoportable. Maldijo Elvira, en
vez de bendecirla, la luz, que empezaba a filtrarse por las rendijas
de las ventanas. Se enderezó en el lecho, saburrosa la boca,
secas las fauces, dolorida la cabeza, molidos los huesos, como después
de una fatiga física muy larga y muy quebrantadora. Cuando
por fin saltó de la cama, sintió náuseas. Prosaico
fenómeno, bien diferente de las poéticas señales
de sentimiento que se describen, en novelas y dramas, en casos como
el de la abandonada, cuyo suceso se narra aquí. Náuseas,
la sensación del mareo de mar, aunque Elvira no hubiese pisado
nunca una playa, sujeta a la vida estrecha de Madrid por lo exiguo
de sus medios... Y se apretó la frente con las manos, y devolvió
la bilis, que como onda amarga invadía todo su cuerpo, derramándose
por las venas y haciendo amarillear su tez... Se miró al
espejo, maquinalmente.
Fea, estaba muy fea... Era natural que Miguel la hubiese plantado.
¡Bah! Y de nuevo tuvo otra explosión de lágrimas...
Mordía la almohada, para no gritar. En las casas pequeñas,
la queja no puede ser ruidosa. Al otro lado del pasillo dormían
sus padres... ¡Sus padres! No. Su madre. Y aun ésa,
amodorrada en una dicha insípida, no era capaz de compartir
los sufrimientos de su hija. Lo mismo que había dejado marchar
al hijo, sin hacerle cadena de sus brazos, la dejaría morir
a ella, tranquilamente...
¡Sola! Elvira estaba sola, para siempre, en este mundo que
unas veces parece tan lleno y otras es como llanura infinita, donde
no pasa un ser humano, y todo es arena, arena y tierra secatona,
retostada por el sol. Se pasó un poco de agua por la cara,
se puso el abrigo largo y el velillo, y a paso furtivo salió
de casa y bajó las escaleras. No sabía adónde
iba. Huía de sí propia, de su menaje, de su familia,
de todo lo pasado, hasta del equipo, el bonito equipo orlado de
espumas de encajes de imitación, pero finos y vaporosos,
y tan lindamente marcado con cifras y escuditos, sobre el sitio
que corresponde al corazón.
Al poner el pie en la acera, sólo sabía Elvira que
no quería volver a su casa jamás. ¿Por qué?
No había explicación alguna. En su casa no la trataban
mal, al contrario; más bien con cariño. Lo que se
hace reflexivamente es mucho menos de lo que se hace por mera impulsión,
bajo el influjo de circunstancias y sentires. En tales momentos,
cada cual es la suprema razón de sí propio, y nadie
puede preguntarle el móvil de sus actos. Aun entre las acciones
excusables o lícitas, hay muchas que no se justifican, que
no tienen un fin determinado. Por otra parte, nadie le preguntó
nada a Elvira. En su abandono, al menos era libre.
Sentía como un gran vacío en todo su ser. Acaso fuese
hambre. El olor de los buñuelos que freían en la buñolería
de enfrente la estomagó. Notó, de nuevo, las arcadas.
La buñolera, gorda y sucia, le daba los buenos días.
-Adiós, señorita Elvira, que aproveche el paseíto,
tan trempano... El día está hermoso...
Huyó, sin contestar. Las calles estaban solitarias aún,
pero empezaban a poblarse; los primeros coches de punto rodaban
rápidos, animados, todavía sin la cansera de la jornada
laboriosa. Sacudían alfombras por los balcones las criadas
madrugueras. Los cafés se abrían. Elvira apretó
el paso sin saber lo que la apremiaba. Un mozo guapín, acaso
un estudiante, se cruzó con ella, la miró y la dirigió
una sonrisa luminosa, juvenil. El piropo brotó como espontáneo:
¡Qué guapa es usted, y qué triste está!
Las lágrimas acudieron a los ojos, ante este consuelo inesperado.
¡Guapa! ¡Había quien la encontraba guapa, después
de haberla abandonado Miguel!
-¿Me permite usted que la acompañe?
Ante el silencio de Elvira, el mozo emparejó con ella. La
hablaba de cerca, al oído, brindando desayunos, ofreciendo
cariños, susurrando galanterías. Ella callaba, callaba
siempre, sorprendida de que no la fuese desagradable oír
hablar de amor. La cara de aquel hombre, ni la había mirado;
su voz era cálida, fresca, y su acento, andaluz. Elvira,
al fin, alzó la cabeza, e hizo un gesto de negación,
un solo gesto... pero tan expresivo y trágico, que el madrugador
Tenorio se desvió, viendo allí un dolor grande, algo
terrible, sin duda, una historia seria, distinta de aquel dulce
y ligero devaneo que iniciaba. Hasta le había parecido ver
lucir en aquellos ojos un fulgor de insensatez. Y se detuvo y la
dejó avanzar.
Ella siguió, subiendo hacia Alcalá. La batahola de
los tranvías la aturdió un instante. La inspiración
fue rápida, casual. Con la lucidez que se desarrolla en los
momentos supremos, calculó el movimiento perfectamente. No
se arrojó hasta que ya no pudo el conductor frenar poco ni
mucho. El pesado vehículo pasó por encima del pecho,
magulló contra el corazón las costillas. Instantáneo
todo.
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